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La Palabra de Dios es siempre apropiada y puntual; está puesta en nuestro camino para iluminar los pasos de nuestra vida. Esta Palabra apenas escuchada ha sido proclamada para nosotros hoy.
Toda la Palabra habla al pueblo de Dios en su conjunto, pueblo que por esta palabra es convocado, instruido y motivado. Pero habla también a cada miembro del pueblo, a cada persona que escucha. Acojámosla también nosotros como Palabra dicha a la Provincia y a cada uno de nosotros reunido en esta asamblea de conclusión de la Conferencia provincial.
"La conduciré en el desierto" dice el Señor a nuestra provincia por medio del profeta Oseas. Te conduciré en el desierto y hablaré a tu corazón, dice a cada uno de nosotros. El desierto, el lugar donde Dios ha formado a su pueblo, donde la falta de seguridad es una invitación constante a fiarse sólo de él, lugar donde no hay nada sino el propio Dios y, por tanto, lugar de la soledad, pero lugar de la intimidad con Dios. Lugar de la experiencia fundante, a la cual acudir constantemente, pero en manera particular cuando las amenazas ponen en peligro la existencia del pueblo, cuando los desafíos de la vida ponen en discusión el sentido de lo que hacemos y, en manera más profunda y desconcertante, lo que somos.
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