Blog Dehoniano
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FEB
7
2010

Valor: Se le supone. Así rezaba una de las notas que aparecían en la primera página de la libreta militar, cuando la mili era obligatoria y los mozos se presentaban para alistarse. Al soldado se le suponía que era valiente.
Algo parecido sucede con el cristiano. La opción fundamental por Cristo, se le supone. Y quizás muchas de las deserciones del campo de la creencia al campo de la increencia haya sido debido por suponer algo que no se había dado nunca. Quiero referirme a la “experiencia fundante” que es el magma donde puede surgir la fe y la opción decidida por cristo. Y es que la Palabra de este domingo trata de sendas experiencias fundantes de Isaías y de Pedro donde nacen o aparecen las vocaciones y las opciones personales por Alguien (Dios o Cristo) según los casos.

Experiencia fundante en Isaías (6, 1-8).

El texto nos cuenta el momento inicial y decisivo de la vocación del profeta. Nos encontramos ante una experiencia personal, a la vez que mística, del profeta que le acontece en el Templo de Jerusalén o la “casa de Dios”. El primer paso de la experiencia es descubrir o sentir que está ante la presencia real de Alguien. Alguien que le envuelve, le invade, le seduce, le atrae, le llena, le descentra y hasta le puede “aplastar” porque le anonada y le derrite. El profeta siente la gran distancia que existe entre ese Alguien que es Dios y su persona. “Ay de mí, estoy perdido”, es la primera reacción de Isaías. Ver a Dios y morir es todo uno. Un morir real, o un morir místico, es igual. Lo importante es reconocer esta enorme distancia que se da entre Creador y criatura, entre Dios y yo. Una distancia insalvable y un encuentro imposible por “letal”.
Reconocer mi pequeñez ante Dios es el primer paso de la experiencia fundante.

 

El segundo paso lo da Dios. Es una iniciativa suya: la de acercarse pero no para destruir sino para purificar, sanar, elevar, recrear. Un serafín se acerca portando un carbón ardiendo para tocar los labios del profeta. El fuego es fuego “de Dios” y lo que Dios toca lo salva (no lo aniquila). Dios purifica con el fuego la boca de Isaías (que es lo mismo que toda su persona) y lo capacita para el encuentro personal con Dios porque lo hace partícipe de su mismo fuego y lo transforma también en “fuego” para que pueda decir y hablar de aquello que lleva dentro: El Fuego-Espíritu de Dios. Isaías dejándose invadir por Dios está preparado para la misión de ser portador de Dios y su mensaje.

El tercer paso es la respuesta del Profeta: “Aquí estoy, mándame”.
Han desaparecido todos los miedos. Sabe que su misión no es nada fácil pero cuenta con que Dios está de su parte o Dios está con él (Emmanuel).
Isaías responde a la primera. No anda con remilgos o disculpas como ocurrió cuando la vocación de Moisés (que se disculpa porque es tartamudo) o de Jeremías (que se disculpa porque es “un muchacho”). Isaías dice SI con decisión decidida (un dicho de Santa Teresa muy pertinente). El SI del profeta es fundamental para la misión, pero si no se dan los dos primeros pasos (la experiencia fundante) ese SI resultaría campana sin badajo.

Experiencia fundante de Pedro (Lucas 5, 1-11)

El evangelio nos cuenta el momento inicial y decisivo de la vocación de Pedro, que cambiará par siempre su vida.

Pedro había oído hablar de Jesús y se habían visto más veces. De hecho Jesús va a la barca de Simón para pedirle que le deje subir y desde allí predicar a la gente. Pedro que había estado bregando toda la noche sin pescar nada, accede a hacer este servicio al profeta de Nazaret. Cuando parece que su servicio va a terminar, Jesús le sorprende con un mandato: “Rema mar adentro y echa las redes para pescar”. Pedro no sale de su asombro. Un “carpintero” quería darle a él, lecciones de pesca. Pero en vez de echarle “a cajas destempladas” se le ocurre aceptar la orden de Jesús. Le dice poco más a menos: “A la orden, jefe (patrón). Si tú lo dices, echaré las redes”. Y su sorpresa fue mayúscula cuando ve que las redes se empiezan a llenar hasta reventar.
Es en este momento cuando comienza el primer paso de la experiencia fundante de Pedro. Descubre un Jesús sorprendente, inmenso, grande; tan grande e inalcanzable que empieza a intuir y a sentir que está frente a una persona fuera de serie. Él se empieza a sentir pequeño e indigno de estar cerca de Jesús al que ahora llama SEÑOR. Un título reservado solo a Dios. La petición de Pedro es que se “aparte de él que es pecador” y el contacto con el Señor le puede traer la consecuencia de la indignidad y de la muerte. Pedro tiene experiencia análoga a Isaías. Se siente “pequeño” ante Dios e “indigno” de estar en su presencia.
Jesús, toma la iniciativa (segundo paso) y le dice a Pedro: No temas. Jesús echa un puente a Pedro. Le dice que no tenga miedo, que Dios está de nuestra parte. Podríamos decir que su “Palabra” (con la entidad propia de la palabra creadora de Dios) toca a Pedro y lo rehabilita; lo hace digno o dignifica porque pasa a tener comunión de vida con el que es la Vida. Se da una especie de recreación interior, por la que Pedro acoge la Palabra y rehabilitado se lanzará a apoyar toda su vida en Jesús.

El tercer paso es justamente ese. No hay palabras por parte de Pedro y sus amigos. Pero hay un gesto que lo dice todo: “Dejándolo todo lo siguieron”. Ante el encuentro en profundidad con Cristo, cambia radicalmente la vida de aquellos hombres. Lo dejan todo: sus barcas, redes, casas… y siguen a Jesús porque en Él han descubierto al Mesías, al Señor. Ya nadie les podrá arrancar esta experiencia y desde ella construirán su proceso de vida de fe, acercándose cada vez más al Señor, conociéndole cada vez más e identificándose con Él de tal manera que llegará el día en que darán su vida por Cristo. Ya nadie les podrá separar del amor de Dios manifestado en Cristo Jesús.

Los caminos de Isaías y Pedro (y los demás profetas y apóstoles o discípulos) son los caminos que debe recorrer todo creyente para hacer una opción por Cristo con decisión decidida. Y cuando esto es así, es bien difícil desistir en el empeño de seguir a Jesús porque hemos descubierto que ahí nos va la vida.

Hoy, solo quiero preguntar ¿Tengo yo hecha una experiencia análoga a la de Isaías o Pedro en la que fundamento todo mi ser y confieso permanentemente a Jesús como SEÑOR de mi vida? ¿Qué “dejo” yo por Jesús? ¿Soy capaz de orientarme permanentemente hacia Jesús o prefiero otros “nortes”?

También San Pablo (1 Corintios 15, 3-11) nos cuenta su “credo”. El primer credo de la comunidad cristiana que conocemos. Ese “credo” nace también de su experiencia de Jesús muerto y resucitado y también nos dice que eso es lo que predica y vive. Vive para Cristo. Para nosotros dehonianos, a ver si conseguimos decir aquello de “Por Él vivo y por él muero”.

Gonzalo Arnaiz Alvarez, scj.


 

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