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JUL
6
2010

La Palabra de Dios es siempre apropiada y puntual; está puesta en nuestro camino para iluminar los pasos de nuestra vida. Esta Palabra apenas escuchada ha sido proclamada para nosotros hoy.
Toda la Palabra habla al pueblo de Dios en su conjunto, pueblo que por esta palabra es convocado, instruido y motivado. Pero habla también a cada miembro del pueblo, a cada persona que escucha. Acojámosla también nosotros como Palabra dicha a la Provincia y a cada uno de nosotros reunido en esta asamblea de conclusión de la Conferencia provincial.
"La conduciré en el desierto" dice el Señor a nuestra provincia por medio del profeta Oseas. Te conduciré en el desierto y hablaré a tu corazón, dice a cada uno de nosotros. El desierto, el lugar donde Dios ha formado a su pueblo, donde la falta de seguridad es una invitación constante a fiarse sólo de él, lugar donde no hay nada sino el propio Dios y, por tanto, lugar de la soledad, pero lugar de la intimidad con Dios. Lugar de la experiencia fundante, a la cual acudir constantemente, pero en manera particular cuando las amenazas ponen en peligro la existencia del pueblo, cuando los desafíos de la vida ponen en discusión el sentido de lo que hacemos y, en manera más profunda y desconcertante, lo que somos.

 


En estos días, del análisis que hemos hecho de los diversos campos apostólicos que ocupan a la provincia, han surgido muchas amenazas, muchas situaciones que hacen difícil nuestra respuesta apostólica, la ponen en discusión y a veces nos hacen sentir como personas que ofrecen cosas que ninguno quiere más. El P. Luis Alberto que nos ha hablado el primer día, nos ha dicho claramente que estas "amenazas" no circulan sólo en la sociedad en la que estamos inmersos y con la cual se confrontan nuestras obras, sino que también se hallan dentro de nosotros, en nuestras comunidades. En nosotros el individualismo y la falta de transcendencia hacen sentir su canto engañoso.
Es este el momento de dejarnos conducir en el desierto como en los tiempos de nuestra juventud; es este el momento para la Provincia española después de 90 años de servicio en estas tierras ibéricas, de reescuchar la voz que ha hablado al corazón de lo Padres Zicke, Juan María de la Cruz y tantos otros que han sido sus fundadores y constructores; es el momento de reconocer claramente que esta voz es la voz de quien ha amado esta provincia religiosa y se ha dado a sí mismo por ella. Oseas dice: "Me llamarás mi marido y no ya mi patrón", una voz esta que estamos invitados a escuchar en el desierto que nos habla de relación amorosa: "Nos os llamo más siervos, sino amigos", dice Jesús.
Un proyecto apostólico, para poder ser tal, debe nacer de esta experiencia fundante y permanecer en sintonía con ésta. De la intensidad de esta experiencia depende la vitalidad de la provincia. Sin esta mística la misión se convierte en gestión y nosotros de comunidad pasamos a ser una asociación de amigos.

La provincia será vivificada y motivada por esta relación con Dios si cada uno de nosotros se deja conducir en el desierto y escucha aquella voz que en algún momento de su vida lo ha llamado, lo ha apasionado y le ha dado la alegría y la capacidad de responder con entusiasmo haciendo de su vida un don, "una oblación" hasta el punto de decir "ecce venio" y asumir el proyecto de su provincia como su proyecto personal en el cual dar lo mejor de sí, no como un funcionario, sino como respuesta del amor recibido.
El plan apostólico que la Provincia elaborará después del trabajo de estos días, será realidad si cada uno escucha la voz que en el desierto, el lugar de la intimidad con Dios, habla a su corazón.
Estas palabras apasionadas de Oseas podrían permanecer como bella poesía que emociona los corazones más sensibles, si no encuentran espacio de encarnación.
Quisiera, sin forzar los textos, hacer referencia a un aspecto que aparece, me parece que con fuerza, al menos por la repetición de las expresiones, en el evangelio que se nos ha propuesto hoy. (Para confirmar como la Palabra es siempre apropiada y oportuna).
Me refiero al hecho de tocar, agarrar con la mano. Algunos comentadores dicen que todo este tocar es signo de una fe en estado inicial que debe después crecer y apoyarse sobre la palabra sola; sin que sea necesario que Jesús entre en nuestra casa, él puede curar a distancia con la fuerza de su palabra, sin necesidad de tocar su túnica. Me parece que esta insistencia en el contacto físico (también el propio Jesús toca, agarra a la niña para devolverla a la vida) es una consecuencia de la encarnación. Dios no sólo se interesa por su pueblo y su historia e interviene con su acción, sino que se deja tocar por nosotros, involucra nuestro cuerpo en la relación con él; nuestro cuerpo, nuestro tiempo, también lo que medimos con el reloj, se convierten en lugares teológicos, lugares de encuentro con él. El desierto no es sólo una imagen poética, sino también el espacio que puede ser una capilla, mi habitación o un lugar solitario, donde solo me dejo encontrar; la túnica que me cura es aquella Biblia, aquel breviario que tomo en mano y hojeo porque siento que la vida escapa de mis venas y que debo tomar tiempo y pararme delante de la eucaristía. Esta mano que me aferra y realza es aquel confronto espiritual, aquel perdón que un hermano me ofrece también a través de los signos sacramentales.
"Te haré mi esposa por siempre, te haré esposa en la fidelidad y tu conocerás al Señor". No una relación de un momento dejada al arbitrio de las emociones o de los intereses, sino para siempre y, por esto, apoyo también cuando hacemos experiencia de la debilidad y quizás también del pecado dentro de nuestras comunidades, en nuestra vida y en nuestro propio cuerpo.
Esto es cuanto el Señor quiere darnos, quiere dar a los dehonianos en España. Esta relación de amor que sostiene nuestras vidas, será el "valor añadido", "una marcha más" de la cual podrán beneficiarse nuestra obras y a través de ellas el pueblo de Dios, los jóvenes que en nuestras ciudades e instituciones educativas y parroquias buscan a Dios aunque le atribuyan nombres como éxito, felicidad, placer, pero que tienen sed de él.

Acojamos con gratitud este don y tornemos a nuestras comunidades con la certeza de que él nos toca.
Que la eucaristía que celebramos Señor, sea encuentro contigo, a fin de que te podamos alabar y dar gracias por el amor que has manifestado a cada uno de nosotros y a nuestra provincia durante su larga historia y en estos días de conferencia; que en este don de amor encontremos la fuerza para volver a nuestras comunidades con la certeza de que coges nuestra mano. Amén.


Claudio Dalla Zuanna, scj 5-julio-2010
 

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